EL DESNUDO EN LA OBRA DE IGNACIO PINAZO
16/02/2017 – 21/05/2017
Museo de Bellas Artes de Castellón
Av. Hermanos Bou, 28 – Castellón
Organiza:
Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana
Colabora:
CulturArts Castelló
Diputación de Castellón
Museo de Bellas Artes de Castellón
Ayuntamiento de Valencia
Comisario:
Javier Pérez Rojas


Roma era la ciudad donde el esplendor del desnudo artístico se exhibía por doquier. Cuando Pinazo marcha a Roma en 1874 y después, en 1876 como pensionado de la Diputación de Valencia, comienza a trabajar con ahínco en torno al estudio del cuerpo desnudo en las academias y centros a los que acude para completar y perfeccionar su formación con un conocimiento más profundo de la figura humana. El desnudo era, por tanto, un ejercicio obligado que reflejaba el grado de perfección y madurez del artista.
En 1879 Pinazo envía desde Roma el Baco niño y Las hijas del Cid abandonadas en el robledal por los infantes de Carrión, tema abordado anteriormente por Teófilo Puebla en 1871. Pero la simple comparación entre una y otra obra indican la audacia y modernidad de la pintura del valenciano frente al academicismo del primero. El argumento del desnudo encadenado a un hecho histórico le permite a Pinazo realizar uno de los desnudos femeninos más sugerentes que hasta entonces se habían mostrado en toda la pintura española de historia. El relato histórico pasaba a un segundo plano frente a la belleza corporal y los valores plásticos de una obra de gran refinamiento y delicadeza en todos los detalles.
Podríamos hablar de dos tiempos en la representación del desnudo en la obra de Pinazo. Uno que se desarrolla fundamentalmente en Roma, con algunas derivaciones posteriores, como la del cuadro La edad de oro; y un segundo entre 1885 y 1900, en el cual el desnudo vuelve a ser objeto de estudio en composiciones más complejas al servicio de la pintura decorativa. Pinturas alegóricas concebidas para los techos de los salones de las mansiones de la burguesía valenciana. Alegorías de las artes y delamor pobladas de bellas jóvenes, amorcillos y efebos pintados sobre grandes lienzos al óleo que se encastraban en los techos y paredes de suntuosas mansiones. El último de estos trabajos importantes es el de la decoración para los Fontanals en el Palacio de Benicarló en 1900, encargo que cierra el ciclo de la pintura decorativa y también el de la pintura de desnudos en líneas generales.
Ahora bien, dado el método minucioso y analítico con el que Pinazo desarrollaba sus trabajos, el tema del desnudo cobra entidad en los múltiples bocetos y estudios que realiza. Incluso se puede hablar de derivaciones de los mismos en inquietantes y modernas composiciones como la serie de escenas en torno a la figura de Leda. Pinazo no era impasible a la belleza corporal y los desnudos son a veces de una sensualidad casi turbadora. El tema del erotismo no hay que olvidar que había adquirido mayor desarrollo y presencia con el Simbolismo y que la pintura modernista (Klimt, Schiele, Zuloaga) lo cultiva de un modo cada vez más insistente.
Ignacio Pinazo, como artista moderno inserto en la dinámica de su tiempo, ofrece su peculiar versión en unos desnudos que exaltan el esplendor del cuerpo y la alegría de vivir.
